24 de noviembre

En la luna hay una cuna donde me gustaría dormir.

El cielo me encandila, pero me alegra que la noche ya empieza a tomar su debido lugar en el cielo.

Hay pocas estrellas visibles, pero para mí son suficientes.

Veo todo a la distancia, tan pequeño, que me hace sentir grande y completa, pero solo hace falta volver a mirarme para darme cuenta de que sigo hueca, vacía dentro.

Postes de luz rodean la ciudad, como viles faros, pero aun así, puedo distinguir los tejados de las casas, algunas grandes y bellas, y otras diminutas casitas pintadas con colores chillones, que no pueden no llamarte la atención y empalagarte de tanto color.

Me suelto el cabello al sentir la vaga brisa del viento acurrucarse en mis brazos, por alguna razón decido también sentirlo en la nuca, en todo el cuerpo.

Me agrada este sentimiento, el estar por encima de todo, admirando la grandeza del cielo y siendo libre junto al viento.

Tiernas bombillas comienzan a encenderse, de repente, me encuentro acompañada por bellas luciernagas.

Me rodean, me iluminan, radican mis ganas de vivir su vida.

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